lunes, 10 de enero de 2011

Las ovejitas

Reptando sigilosamente por la mesa
rodando silenciosa, como una bola de pasto
en una vieja película de cowboys
esperando como una paciente arañita roja inexperta
disfrazada de lobo feroz y de leñador
disimulada entre el reflejo de la llama del encendedor en los lentes,
el libro de Castillo, las lapiceras que no funcan y el humo que sale del Phillip Morris
lo invade todo,
el recuerdo de la última noche antes del fin del mundo.
el recuerdo de un divertido descenso a los infiernos
bellas mujeres sin cabeza,
dulce azufre y hermosas rocas incandescentes
mansos perros de tres colas,
espléndidos tridentes afilados que pinchaban
mi hermoso y limpio trasero de niño enfermo,
de juguete roto, de tanguero sin frula,
de espantapájaros olvidado en un viejo galpón.
el recuerdo de carmesíes indescriptibles y calores nunca antes conocidos
el hermoso techo negro y liso del piso de la humanidad
la pérdida absoluta y total de toda inocencia,
la hermosa pista de baile de lava
donde danzan felices los espíritus más nobles
y allí no hay tiempo, ni sol, ni pajaritos
sólo bellas serpientes, fabulosos murciélagos,
azulados cuervos y gatos negros sin un ojo.
pero los recuerdos vienen y se van,
y ahora ni el libro de Castillo,
ni el reflejo de la llama del encendedor en los lentes,
ni las lapiceras que no funcan,
ni siquiera el humo del Phillip Morris
me conducen a nada.
pero los recuerdos vienen y van,
explotan y se van,
llegan para irse,
y siempre mienten y siempre traicionan
y siempre te escupen en la cara un par de verdades
supuestamente absolutas que caducarán pronto,
tan pronto como apoyes de nuevo tu cabecita en la almohada.
y sueñes con cien atigradas ovejitas rabiosas
que saltan el alambrado de la sociedad rural
para provocar desmanes y reducir toda la maldita ciudad a cenizas
en una noche clara y sin luna.